miércoles, julio 01, 2009

Onetti centenario

Onetti nació el 1 de julio de 1909. Hoy cumple cien años

1. Desde 1968 mi memoria conserva la contratapa de un libro comprado a Alfredo Moreno en algún pasillo de la Universidad Central de Venezuela. El libro lo perdí casi de inmediato, dejándome un vacío que nunca termina de llenar la tenaz reaparición de unas palabras que hallé para siempre en su contraportada. Tal vez escritas por Angel Rama (editor del volumen), esas palabras resumían el libro, es decir, resumían –siguen resumiendo para mí- a Onetti. No las olvido: “Una mujer y un chivo en la estación Constitución, un médico novelista escéptico y humano, la arisca historia de una piedad viril, con los personajes de Juntacadáveres, Onetti recrea la vida ardiente y desolada de los jóvenes”. El libro perdido y jamás reencontrado, se llama, creo, Para una tumba sin nombre.

2. Onetti nos llegó con el llamado “boom latinoamericano”. No representaba, en rigor, a esa promoción de narradores ni venía con ellos en la cresta de la ola. Cuando ésta desapareció quedaron en la orilla algunos tesoros, nombres que habían permanecido inadvertidos durante muchos años y que dejaban, por fin, de pertenecer a un selecto y reducido grupo de iniciados.

3. Desde 1939 Onetti era una seña de identidad secreta para quienes ya habían explorado territorios narrativos diferentes al realismo galleguiano. Su primera novela, El Pozo, de la cual se publicaron quinientos ejemplares, con un dudoso dibujo de Picasso en la portada, sólo fue leída por unos seis o siete seres extraños de Montevideo. Sin embargo, eso fue suficiente para que se diera comienzo a la secta onettiana de la parte oriental del Río de la Plata. Esta secta tardará en llegar a Buenos Aires, donde Onetti discurrirá casi invisible durante dos décadas, trabajando en agencias publicitarias y escribiendo y publicando libros que no serán leídos sino muchos años después. Entre tanto, Ciro Alegría ganaba con El mundo es ancho y ajeno un concurso donde Onetti seguramente era la voz narrativa lúcida y discordante, pero incomprendida y, por su parte, Bernardo Verbitsky, con una novela tal vez prescindible y ahora olvidada, le arrebataba a Tierra de nadie, el primer premio de la editorial Losada. En fin, desencuentros habituales de la literatura, de los cuales Onetti pudo exhibir varias experiencias.

4. ¿Las páginas fundacionales terminan por imponerse? Vargas Llosa, con La casa verde, le gana a Onetti y su Juntacadáveres, en 1967, el premio de novela “Rómulo Gallegos” (otro desencuentro, esta vez, quizá, por llegar un poquito tarde).

5. Pero fue, precisamente, Mario Vargas Llosa uno de los primeros en apuntar el carácter fundacional de la obra narrativa de Onetti. Sobre El Pozo escribió lo siguiente: “Es la primera novela de un escritor hispanoamericano que crea un mundo riguroso y coherente, que importa por sí mismo y no por el material informativo que contiene, asequible a lectores de cualquier lugar y de cualquier lengua, porque los asuntos que expresa han adquirido, en virtud de un lenguaje y una técnica funcionales, una dimensión universal. No se trata de un mundo artificial, pero sus raíces son humanas antes que americanas, y consiste como toda creación novelesca durable, en una objetivación de una subjetividad”.

6. Onetti descendió al infierno tan temido. Toda su obra es una alusión a esa temporada en el infierno. Dos relatos memorables: El infierno tan temido y La novia robada. Una obra maestra: La vida breve. Suficiente para acompañar al hombre en su desgracia. Chapeau.

7. Juan Carlos Onetti fundó a Brausen que fundó a Santa María que fundó a Díaz Grey que fundó a Juan Carlos Onetti.

8. Todo Onetti puede ser leído como una vindicación del acto creador. Brausen salvándose por la literatura. Onetti mismo reviviendo en su cama de enfermo crónico, todos los días y todas las noches, para poder dejarnos un último regalo: Cuando ya no importe. La misteriosa entrega al acto de escribir y de inventar otro mundo, como modo ineludible de sobrevivencia. Onetti: una poética de la enfermedad que sólo admite al arte como cura.

9. Viajo a Santa María. Llevo La vida breve conmigo. Al pararme frente a la estatua de Brausen, de Dios-Brausen, ese héroe del existencialismo onettiano, abro el libro y busco la página 36 para rezar cuanto sigue: “Pero si yo no luchaba contra aquella tristeza repentinamente perfecta; si lograba abandonarme a ella y mantener sin fatiga la conciencia de estar triste; si podía, cada mañana, reconocerla y hacer que saltara hacia mí, desde una ropa caída en el suelo, desde la voz quejosa de Gertrudis; si amaba y merecía diariamente mi tristeza, con deseo, con hambre, rellenándome con ella los ojos y cada vocal que pronunciara, entonces, estaba seguro, quedaría a salvo de la rebeldía y la desesperación”.

10. Onetti murió en Madrid, en 1994. Estado o enfermedad causante directo de la muerte: Brausen, Santa María, todos ustedes, yo mismo. Hoy cumple cien años. Y no los aparenta.

domingo, mayo 24, 2009

Anotación del otro, del mismo

Plaza Rodríguez Peña, Buenos Aires

29-11-08: No he mirado la fecha de la entrada anterior para no comenzar ésta haciendo el cómputo del largo silencio. Han pasado y me han pasado muchas cosas. He visto a Olivia dos veces en Buenos Aires (ya van tres este año). (…) He dado no sé cuántas conferencias y escrito no sé cuántos artículos. Sigo leyendo y estudiando. Oigo como siempre pájaros en la mañana y voy a San Felipe todos los días. Leo a los cronistas y hago crónicas. Persisto en Borges y no se me quita la manía de creer que La muerte y la brújula es el mejor cuento policial de la literatura, considerados todos los tiempos y todas las lenguas. Vi y oí a Susana Rinaldi en la plaza Rodríguez Peña un domingo lleno de imágenes, de Duchamp, del Riachuelo, de tangos, de Olivia. He recibido en la UNEY a Briceño Guerrero y he leído un libro genial de Humberto Mata llamado Pie de página. He pensado que podría vivir en Salta o en Aragua de Maturín o mudarme de una vez a Buenos Aires. Visité Jujuy donde tuve el honor de acompañar a Miguel Rojas Mix y de comer interminablemente humitas en un restaurante llamado “Mano jujeña”. He vuelto a leer a Octavio Paz y he comprobado que su poesía sería perfecta, si no fuese por su luz que lo deja a uno ciego. En fin, sigo haciendo lo de siempre, pero no soy el mismo.

Mnemosine

Mnemosine. Dante Gabriel Rosetti


La memoria y el azar. Ambos poseen hilos secretos que se cruzan en su lugar predilecto: el laberinto.

La memoria tiene pasadizos ocultos. La memoria no se pierde. Tú te pierdes en ella. Perder la memoria, en realidad, es perderse en la memoria. Es perder su hilo.

La memoria también es un bosque. Sus árboles a veces no te dejan verla, Procura alcanzar un claro en su interior y lee desde allí a María Zambrano, como quien celebra un ritual arcaico.

La memoria tiene vida propia. Tú no la tienes. Ella te tiene a ti.

La memoria tiene más futuro que pasado, aunque contenga todos los pasados.

La memoria puede ser silenciosa e invisible, pero está ahí, acechándote.

Cuando la memoria habla, tú callas. Cuando la memoria calla, tú ni hablas ni escribes. Te dejas llevar por el rumor de la memoria silenciosa.

La memoria no escribe hoy porque lo escribió todo mañana.

La memoria atesora personajes que parecen perdidos para siempre. Un día, que puede ser hoy, uno de esos personajes aparece y te dice lo que nunca se atrevió a decirte hace décadas. Son las viejas celadas de Mnemosine, madre de todas las musas.

La memoria se detiene algunas veces y rememora. Después vuelve con más bríos y te inunda.

La memoria es una mañana en el mar porque dos amantes escuchan el aria de la Bachiana Nro. 5 de Villalobos.

La memoria es un territorio infinito, un légamo que no termina.

La memoria suele dislocar su brújula y se va al pasado por irse al futuro.

Se equivocó la memoria. Se equivocaba.

jueves, mayo 14, 2009

La mágica enfermedad y las desatenciones de la critica

Jesús Sanoja Henández (1930-2007)

El lector buscó en su biblioteca y no encontró nada. Escribió después el nombre del autor en Google y tampoco. Tecleó otro nombre y la previsible respuesta de “cero resultados” no se hizo esperar. Insistió, esta vez en una hemeroteca que le es familiar y después de una larguísima pesquisa dio con un artículo de prensa del año 68. El autor del artículo era Luis Alberto Crespo, cuyo primer libro obtuvo una mención en el mismo concurso donde el poemario reseñado por él había logrado una distinción semejante. Con los anteriores datos –ciertamente insuficientes- tienen que ser muy pocos los que ya saben que el lector estaba indagando acerca de La mágica enfermedad, de Jesús Sanoja Hernández, un formidable libro raro que todavía –como todo libro raro- anda en busca de lectores y críticos cómplices, por decirlo de un modo famosamente cortazariano.

El lector había seleccionado algunos poemas de ese libro como material para sus clases de Comprensión de Venezuela, porque quería comenzar su paseo nacional desde Angostura. Ni en las antologías más célebres ni en los estudios sobre poesía venezolana consultados encontró una mención al libro de Sanoja que valiera la pena. Especuló sobre las razones de ese descuido. Pensó en las frecuentes desatenciones de la crítica, en los cánones transitorios y dio gracias a los verdaderos poetas por escribir siempre “en una lengua extranjera”, como alguna vez lo dijo Marcel Proust, hablando de crítica y literatura. Pensó también que si bien el texto de Crespo penetra con lucidez y regocijo en el paisaje de La mágica enfermedad y en sus imágenes vegetales y mineras, el lector avisado (o pervertido) por la estética de la recepción, observa ahora que el breve reparo final que Crespo le hizo a los poemas de Sanoja constituye para él uno de los mayores atractivos del libro releído casi cuarenta años después de su primera edición.

El lector tomó nota y transcribió: “Tal vez La mágica enfermedad adolezca parcialmente de excesivo formalismo. A veces el libro se resiente de una abundosidad retórica e impide que sigamos en constante asombro. La elegancia sucumbe de pronto ante ropajes extraños, usados en medio de un paisaje donde lo primitivo, lo originario, el color salvaje, impiden los usos cultistas. Lo legítimo en el libro reside en el propósito de erigir un lenguaje poético vegetal y mágico, dicho a partir del continente, de lo nacional”. Fascinado por el barroco de Sanoja, por los giros herméticos que le recuerdan al siglo de oro y por la mirada gongorina a los pájaros del Orinoco, el lector retuvo una frase del párrafo transcrito y la anotó para resolver su nuevo acercamiento a La mágica enfermedad: “Ropaje extraño”. Vino a su memoria, primero pura, vestida de inocencia y después la fue vistiendo de no sé qué ropajes. Mezcló a Crespo con Jiménez, quienes por poetas -no por críticos-, le dieron las pistas, y se quedó con Lezama y con los atavíos verbales de Sanoja. Creyó encontrar en éste a un adelantado de lo que en los noventa comenzaría clamorosamente a llamarse neobarroco, más por afán argentino de establecer tendencias, que por certeza literaria y le dio, entonces, la razón a su amigo Gonzalo Ramírez. Así, leyó de nuevo con infinita fruición el poema Pájaro y lo encontró espléndido:

Allá va el azulejo entre montes y aparejos,
el minue muerte en su ala es aguja, fibra pequeña
de su canto maltrata insectos silvestres, piñas de color.
Allá va el tucusito rondando su corazón de magia
y lanzando en tijera, en pico, en agradable pluma
sobre un sueño que choca, gongorino, en el verano.
Allá rasga el perico gorgorán de cielo, falsifica
sombras para lanzas de escarmiento, verdes amores.
Allá cierra ojo un moriche y desentona y deshilacha
y a medianoche en sepulcro lila, final de elipsis,
y vuelve de mañana con cuerdas de Bach en el trino.
Allá dóblase el turpial en gonzalito, la trenza farsante
anúdase en locura, evidente cava de deseo, peligro.

Allá va lo elevado, latido de los ángeles, más, más
inquina en el espacio, invento del tiempo sobre matas
para instalar ritmos por detrás, arriba, en las señales,
mientras la música troza corolas y pone fuegos y perfumes.

Más tarde, releído el libro por completo, el lector pensó que estaba en presencia de una de las obras más importantes de la poesía venezolana y que su inepcia como crítico no le impedía seguir buscando adhesiones para su entusiasmo. Pensó en una crítica que volviera su mirada hacia las vísperas perdidas y se asombrara de lo que no se asombró en su momento. Pensó en la crítica como autocrítica (así la quiso en una ocasión Julio Miranda) y fantaseó con una Comprensión de Venezuela fundada sólo en la lectura de poemas, sin propósitos escolásticos, sino con la entera libertad del riesgo y la aventura. Supo que no estaba pensando en nada nuevo, pero que tampoco se trataba de innovar, sino de recuperar el viejo modo afectivo de acercarse a la literatura para que fuese ella -y no nosotros- la encargada de deletrearnos. Pensó en tantos estudios críticos banales y superfluos, pero no los desechó por temor a tener que enmendarse algún día. La buena escritura nunca es banal, se dijo, aunque su tema lo parezca, aquí y ahora.
Retornó a su tarea inicial de preparar el programa de la asignatura con la cual pretenderá, sólo a través de imágenes poéticas, la difícil comprensión de su patria. Escribió "Orinoco" y también los nombres de Sanoja, de Pineda, de Alarico, de Sánchez Negrón, de García Morales, de Sucre y de Mimina, a sabiendas de que iría descubriendo tras cada imagen, otra y otra y otra…y muchos mundos distantes, inabarcables y desconocidos.

sábado, marzo 28, 2009

Una ciudad resplandeciente llamada Estefanía

Stefania Mosca en la Fontana de Trevi. 2006. Foto: Roberto Hernández Montoya

Era del año la estación florida del descanso. Comenzaba el mes de agosto y casi todo el mundo cultural de Caracas había asistido a la fiesta. Yo, provinciano, también estaba allí, con una invitación que había llegado a mi correo y que no fue necesario mostrar en la entrada del Gran Salón. Todos podíamos pasar como Pedro por su casa y admirar el audaz diseño de sala que para esa ocasión había elaborado la artista Nela Ochoa. Saludé a Tulio Hernández y a otros amigos, mientras me abría paso entre enjambres de bandejas de tequeños y de rebosantes vasos de whisky. Ese mediodía se otorgaban los premios del periódico y a mí me interesaba el de cuentos. Pero no eran los premios, precisamente, lo que animaba a la mayoría. Tampoco felicitar, con la cortesía del caso, a los risueños anfitriones. En realidad, el atractivo del sarao estaba en la posible aparición de los candidatos presidenciales.

Era del año 1998 la estación crucial. Faltaban cuatro meses para las elecciones y las encuestas ya habían comenzado a modificarse de manera peligrosa. “¿Viene o no viene Chávez?” era la pregunta a flor de labios entre los devoradores de huevos de codorniz con salsa rosada. No habían transcurrido cinco minutos cuando, de pronto, conseguí a una inmejorable compañera de fiesta. En honor a la verdad, creo que los dos nos conseguimos y juntos recorrimos felices el salón. Saludamos y fuimos saludados. Sus amigos y los míos nos salían al paso. Recuerdo a Luis Díaz Fajardo y a su esposa, con Raúl Piña, hablándome del poeta Christian Díaz Yépez, hijo de los primeros. También a Antonio López Ortega, siempre afable, informándome orgulloso a quién se debía el diseño de la sala. Y a Douglas Palma, preguntándole a ella si yo era el ganador del concurso de cuentos. Tuve que responderle de inmediato: “Me llamo Freddy Castillo Castellanos y no Jorge Rodríguez, pero me gustaría escribir como él. Mucho gusto”. Con Douglas hablamos un buen rato y seguimos el recorrido, tropezándonos con un cambalache discepoliano de políticos, publicistas y arroceros, como suele ocurrir en encuentros de este tipo. Y así, nos fuimos vacilando con deleite y con distancia las gracias dispares del convite. Ella derrochaba ángel, belleza y simpatía. Y yo era sólo un afortunado acompañante: Pero también su cómplice, todo hay que decirlo.

De allí salimos poco después de que la llegada de Chávez provocara el delirio. Nos fuimos a la barra de un amable bar cercano a Puente República. Bebimos vino y comimos pulpo a la gallega. Hablamos de literatura y de ebriedades. Sentí que a ella la habitaba un duende poderoso, capaz de superar todas las discordias, sin pactar ni doblegarse en nada. Pagamos y nos fuimos en su carro hasta su casa. El recorrido fue largo, por las trancas caraqueñas hacia el este en esas horas de la tarde. A la altura de la Castellana llamé a Cuchi y le dije con quién estaba. Le pasé el teléfono y ellas hablaron, afinidades mediante, con la sabiduría secreta e intemporal de las mujeres. Ya en su apartamento, se nos unió el querido Gonzalo Ramírez y en su fraterna compañía rubricamos una jornada inolvidable. Debo afirmar que ese día confirmé la admiracion por sus libros e inicié la alta estima por su elevada condición humana.
Ella escribió novelas, cuentos y ensayos estupendos. Dirigió revistas y animó publicaciones. Presidió una importante editorial de América Latina. Podría hablar de esas obras y acciones valiosísimas, pero hoy prefiero referirme brevemente a otra de sus facetas: la de sus artículos de prensa. Todos los domingos salgo a esperar al cartero a ver si trae algo para mí. Y lo trae: las crónicas distintas de mi amiga, publicadas durante los últimos años en el diario Ultimas Noticias. En ellas están sus pasiones intelectuales, su ironía corrosiva ante la debacle moral de muchos de nosotros, sus imágenes literarias entrañables, sus días y sus mitos en la ciudad atribulada, y algo más que merece la mejor de las vindicaciones (vocablo amado en un tiempo por su querido Borges): el compromiso con unos ideales que no envejecen y la firme adhesión a la revolución bolivariana.

Arribo ahora al difícil momento de escribir el nombre de mi amiga, aunque todos sepan ya de quién se trata. Digámoslo así: ella se llamaba hermosamente Stefania Mosca y era la gran narradora caraqueña de mi tiempo. Murió hace tres días en su enorme “pequeño mundo”, vale decir, en su grandeza.

La noche del velorio, en La Guairita, por azar concurrente, se recibió una llamada. En esa llamada estaba la voz de Jorge Rodríguez diciendo: “Ella me descubrió”.

Hoy podemos afirmar, con el Catire y con Lucía, que Stefania sigue descubriéndonos a todos.

domingo, noviembre 16, 2008

Munch: un lugar común del desespero



Veo en Film&Arts un cuadro de Munch titulado Cuatro muchachas paradas en el puente. El comentario habla de “los poderosos colores del fauvismo”. Destacan los vestidos de las mujeres. La escena corresponde a un día de verano en Noruega. ¿O es de noche? En verdad, es una noche blanca del verano.
No se le ve la cara a las mujeres, salvo a una que mira al espectador, pero que es poseedora de un pequeño detalle: carece por completo de rostro. Hay 16 versiones del cuadro. En una de ellas esa mujer tiene rostro.
“En el escenario misógino de Munch las mujeres se convertían en vampiros y Salomés, seductoras y asesinas...”. Eso dice ahora el comentarista, ilustrando con palabras otro cuadro.
Munch vivió 81 años. Tuvo el honor de ser incluido por los nazis dentro del salón de “arte degenerado”.
Es famosísimo y terrible su cuadro “El grito”, casi un lugar común del desespero.

martes, agosto 05, 2008

El monstruo verde


En realidad no sé bien dónde me encuentro. Lo cierto es que nunca salgo de esta extraña casa, con numerosos pasadizos y con salas abarrotadas de libros. No me acompañan ni muebles ni animales. Todas las puertas (que por cierto, son muchas) permanecen abiertas día y noche. Sé que en la calle hablan de mí y se tejen historias increíbles sobre mi origen. Han dicho que soy un minotauro y que estoy sentenciado a muerte. Nada más lejos de lo verosímil. Con frecuencia ritual y calculada, alguien, a quien nunca he visto, me toma en sus manos y me obliga a entretenerle por varias horas. De alguna manera ese es mi alimento: servirle a las personas. Alguien ha anunciado mi redención. Desde entonces deseo que ésta ocurra pronto. Mientras tanto, sigo en el centro de la casa.
Es domingo. El sol está entrando por el balcón. Unas manos que conozco entran por mí y no me encuentran.
-Cuchi, ¿dónde está el monstruo verde?
-Se lo llevó Luisana para Mérida.
Otras manos, secretamente, pasan mis páginas.

miércoles, julio 09, 2008

Alienación, consumo y espectáculo

Karl Marx

Recuperar el sentido de las palabras es recuperar también una práctica de higiene intelectual que la hojarasca de ciertas modas ha querido abolir. Usemos de una vez uno de los conceptos convocados por este encuentro: venimos de un largo y extenso proceso de alienación, merced al cual hemos perdido hasta nuestro territorio más entrañable: la palabra.

Ya no llamamos a las cosas por su nombre ni empleamos los viejos vocablos que sirvieron, gracias al esfuerzo intelectual de pensadores como Karl Marx, para iluminar las zonas más oscuras de la realidad social. Abandonamos expresiones como "sociedad de consumo", "alienación", "lucha de clases", por sesentosas o anticuadas. No hablamos. "Comunicamos". Y si hablamos no es para decir cosas, sino para señalar imágenes en este reino del espectáculo en que nos movemos, o en que nos mueven, para ser más exactos.

Estar alienado es dejar de pertenecer a una memoria, a una tradición, a una cultura, a uno mismo. Es el desarraigo total, condición indispensable para que prospere la hegemonía demoledora del capitalismo y para que el consumo nos consuma vertiginosamente, como la tecnolatría lo ordena. El consumo es, simultáneamente, un acto de posesión y de desposesión. No establecemos una relación verdadera con nada. El mercado nos obliga al desecho inminente. La inercia de su funcionamiento es irrefrenable y la autodegradacion es su lema.

Muy lejos estamos del vínculo que antaño podíamos establecer con lugares, seres y cosas de nuestro afecto. Una normalidad patológica nos circunda. Uniformamos lenguajes, programas educativos, opiniones y hasta sueños, según el código legitimado en nuestras democracias del consenso y de la cohesión. Nada que ver con la belleza del personaje de una película que ahora recuerdo. Me refiero al viejo ex-marino de En construcción (filme del español José Luis Guerín) capaz de invertir la lógica del mercado y de transformar la basura en una maravilla cotidiana. Cartonero o recogelatas del barrio chino de Barcelona (hoy Raval), el adorable viejo de la película va sacando de su bolso tesoros y tesoros que llenan su vida y que gracias a su imaginación lo concilian con el mundo y le permiten tener “caprichos de gente caprichosa” y no burda y tediosamente el objeto de moda que se compró el vecino.