martes, abril 30, 2013

Una lectura de El Aleph

 
Casi todas las lecturas de El Aleph se detienen en dos evidencias. Una es la sátira letal que Borges hace de la mala literatura de la época, encarnada en Carlos Argentino, un personaje descrito con prolija sorna. La otra está representada por una metáfora del universo: ese “objeto secreto y conjetural” llamado “aleph”.

Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) acepta esas aproximaciones, pero ensaya otra hipótesis, en procura del móvil primigenio del relato. Sostiene que la rivalidad entre Borges y Carlos Argentino no es literaria, sino amorosa. Lo primero es innegable. Sólo existe una pugna que Daneri se inventa para sus rounds de sombra. Lo segundo está en el ambiente desde aquella candente mañana de febrero…

El general de Chesterton en La memoria de la espada rota desata una batalla para esconder entre los miles de cadáveres el cuerpo de un soldado que había asesinado. Poe esconde “la carta robada” en un lugar cuya obviedad lo hace inadvertible. Martínez piensa que El Aleph es una versión de esos relatos.

Pero, ¿qué quería ocultar Borges?

La respuesta está, según el autor de Crímenes imperceptibles, en la célebre enumeración borgeana del universo. En ese vórtice de estancias hermosas, terribles y anodinas, se encuentra la venganza de Daneri. Su rival ve en el aleph una imagen aterradora: la única para la que Borges dedica tres adjetivos. Recordemos.

Acabábamos de ver un astrolabio persa cuando de pronto se nos apareció el interior de una gaveta. Fue un golpe rotundo, seco, tanto para el narrador como para los lectores. En el cajón estaban las cartas “obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino”. Borges tembló. También temblamos los lectores un segundo, pero seguimos nuestra marcha porque Gardel nos saludaba en la Chacarita y había que encenderle el cigarrillo. Borges estaba aturdido, pero alcanzó a tomar rápido desquite con asombrosa displicencia. “Formidable”, le dijo a Daneri en tono frío, y eludió por completo hacer otra consideración del aleph, como si lo tuviera a menos.

Infiere Martínez que allí termina el cuento y que todo lo demás son epílogos. Alberto Manguel le recordó que a Borges le atraían esas astucias. Para apoyarse le citó la página en la que el autor de El Aleph celebra a Dante, por ocultar a Beatriz en una enumeración de nombres femeninos.

Es un juego melancólico el de Dante, dijo Borges. ¿Lo es también el de Borges? se pregunta Martínez. Tal vez lo sea también el del propio Martínez, y hasta el mío, que es apenas una glosa del suyo, en este día del Aleph que festejo un rato en la trastienda, porque afuera lo que hay es jazz, y del bueno.

P.D: El ensayo de Guillermo Martínez está en La fórmula de la inmortalidad, Seix Barral, 2005. Martínez es también autor de un libro sobre Borges y la matemática. Su obra narrativa ha sido amplia y merecidamente reconocida. 

lunes, abril 15, 2013

EL DESPRECIO TOTAL FRENTE AL VENCIDO





Jaime Gil de Biedma
 
Comienza la semana y leo a Jaime Gil de Biedma:

Alguien está presente
que duerme en las afueras.
...

Las afueras son grandes,
abrigadas, profundas
.

Vienen a mi memoria otros versos suyos:

Media España ocupaba España entera
con la vulgaridad, con el desprecio
total de que es capaz,  frente al vencido,
un intratable pueblo de cabreros
.
 

viernes, marzo 29, 2013

Hugo Beccacece y el mundo de Visconti


Piero Tosi, Visconti y Silvana Mangano

Varios libros nuevos sobre la mesa. Disfruto hojeándolos, después de darles cierto orden. Acá los ensayos. Allá los de poesía. Más allá los diarios, las cartas, las novelas. Este regodeo previo a la lectura forma parte imprescindible de la viciosa ceremonia que en este momento me entretiene.
 
Abro Pérfidas uñas de mujer,  un libro de Hugo Beccacece sobre cine, arte y estilos. Es una maravilla su ensayo sobre Visconti. Prodiga en él conocimientos y admiración. Con una prosa amable, gratísima, Hugo visita el mundo de Visconti para deleitarse en su tiempo recobrado. Cito este párrafo estupendo:

Sus películas están hechas de acentos, como la música de Beethoven y de Verdi. El lazo tendido entre los acentos, entre sus escenas ´privilegiadas´, constituye la guía de otro relato, de un guión abstracto o quizá mucho más íntimo porque está directamente relacionado con la memoria de la primera vez que sus ojos descubrieron ciertas formas y texturas. En el ocaso de la vida uno comprende que el deseo, ante todo, ha sido siempre memoria. Memoria del origen”.

A Hugo Beccacece lo conocí en casa de Ivonne Bordelois, hará unos siete años. Dirigía entonces las páginas literarias de La Nación. Compartimos una cena. Fue una noche estupenda. La imagen que de él conservo es la de un hombre atento a las formas, fino y culto.

Paso las páginas de su libro y leo que Piero Tosi está seguro de que Silvana Mangano es una ficción, y que la realidad corresponde a esa espléndida mujer que ahora se viste en una habitación del Hôtel des Bains, y se pone las joyas que el director escogió para realzar su porte de madre de Tadzio y de polaca noble. La escena proviene de una encantadora conversación que Beccacee tuvo en Roma con Piero Tosi, el vestuarista excelso de Visconti.

P.D: Ficha del libro: Beccacece, Hugo. Pérfidas uñas de mujer. 1era. edición. Buenos Aires. Edhasa. Noviembre de 2012. 344 p.

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Foto de Horst P. Horst: Visconti
HORST

Entusiasmado por la descripción que acabo de leer de un retrato de Visconti en Túnez (1936), busco en internet fotos de Horst. Encuentro maravillas: el autorretrato con Getrude Stein posando, que vale oro; la de Jackie, aquella célebre dama née Bouvier, que salió en Vogue en 1953; una fabulosa de Bette Davis, geométricamente inclinada y, por supuesto, la de Luchino Visconti, tal como acá la presenta Beccacece con delectación minuciosa:

1936. Hammamet. La fotografía muestra a un hombre que aún no ha llegado a los treinta años, de expresión severa y una presencia imponente al punto de que no necesita hacer ningún esfuerzo para producir respeto. Sus ojos no miran a la cámara. Más bien, parece ensimismado. No hay en el rostro tan viril como hermoso el menor asomo de una sonrisa. Esa expresión seria, intensa y perfectamente ajena a la cámara quizá le dé un aspecto un poco mayor. En realidad, se trata de un joven de veintiocho años. El pelo es negro como las cejas de diseño perfecto. Está apoyado en el vano de una puerta. Sostiene un vaso en la mano derecha, probablemente un cóctel o un jugo de frutas por la pajilla que la luz y el fondo blanco de una cortina vuelven invisible. El saco sport abotonado tiene un pañuelo blanco en el bolsillo del pecho. El cuello está envuelto en un foulard oscuro con un motivo de pequeños puntos blancos. El fotógrafo alemán Horst P. Horst fue quien tomó esa fotografía de Luchino Visconti, su huésped en la ciudad tunecina a orillas del Mediterráneo. En aquella primavera, los dos eran amantes y acababan de conocerse”.
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Muerte en Venecia. Gustav von Aschenbach y Tadzio

 GUARDARROPA

Sigo con Beccacece. El final de su ensayo sobre Piero Tosi nos depara una sorpresa proustiana. Beccacece está en uno de los almácenes de la célebre sastrería Tirelli: el de Formello. El sobrino de Trapetti le abre las cámaras y le sirve de guía en medio de una selva de trajes de todas las épocas, colores y texturas. Indumentarias vaticanas, percheros de la antigua Roma y guardarropas de Ingrid Bergman (con vestidos de Dior, Chanel y Balenciaga), le quitan el aliento al visitante. Pero no todo es lujo en ese opulento almacén de las imágenes. También hay ropa de la plebe, “religiosamente preservada”. Tentado por la curiosidad, Becaccece mueve un pesado ropaje de época, y descubre, atónito, que debajo está el inolvidable traje de baño de Tadzio, “pequeño y frágil, como el efebo de Muerte en Venecia”. Por arte de magia el autor vuelve a su juventud, al preciso momento en que se estrenó en Buenos Aires la hermosa película de Visconti y cierra su ensayo saboreando una magdalena después de remojarla en el té que esa tarde lo sorprendió en Formello.
(Anotaciones en del 27-12-12)


Hugo Beccacece

viernes, marzo 08, 2013

CHAVEZ Y LAS TRAMPAS DE LA FE



El inmenso afecto del pueblo venezolano por Chávez se muestra hoy de una manera clamorosa. Esa devoción por su líder, era, sin duda, previsible, pero el fervor que ahora presenciamos parece exceder todos los pronósticos. Nos asombra, en verdad. Creo, además, que se trata de un afecto sincero, entrañable. Por eso mismo, debemos mirarlo con respeto. También con inquietud y, dadas ciertas tendencias históricas, con temor.
 
El deber de una dirigencia responsable sería no desvirtuar ese sentimiento genuino, convirtiéndolo en culto. Todos los cultos oficiales degradan la memoria de los grandes hombres, vacían sus enseñanzas y sólo sirven de soporte a los custodios, que no son otros que sus usufructuarios.
 
De otra parte, también hay un odio sincero. Incapaces del temple y la prudencia que la hora del duelo les exige a los adversarios del fallecido, hay algunos exaltados, cuya furia les impide ver y ponderar las evidencias. Forzoso es decirlo: la mayoría ha sido solidaria con el dolor, y cívica en su actitud.  
 
Los hombres excepcionales (Chávez lo era) merecen otro destino. No el del culto fanático. Por encima de todo, debería estar la libertad, en especial, la de ser diferentes y ejercer la disidencia. ¿No es la política una permanente y fecunda agonística?


¿Por qué obligar al Otro a ser como nosotros?


Que la libertad decida y que el país sea de todos.

lunes, febrero 25, 2013

COMUNION Y METAFORA




Alcándara
 
Por tres versos de la estrofa final, el mexicano Antonio Deltoro entró a las Soledades. Son los mismos que fascinaron a Gimferrer, quien los citó para ilustrar su descubrimiento de la poesía como invención de otra realidad. Cuatro poetas del 27 (Guillén, Salinas, Alonso y Cernuda) apoyaron su fervor gongorino con esas tres líneas magistrales del cordobés. En este cuaderno aparecen de vez en cuando, porque para mí es un deleite repetirlas, casi siempre sin excusa alguna.

Pervive en esos versos un misterio, aunque cada uno de sus signos parezca del todo descifrado. No hay en ellos efectismos sonoros, pero sí las imágenes y tonos convenientes. Dámaso Alonso observó la lentitud del segundo verso, en contraste con “el arrebato” del tercero. Ese mismo salto fue para Guillén la señal de una revelación…

El poeta Antonio Deltoro encontró en Lezama (era previsible), alusiones no tan veladas a la cetrería de las Soledades. También las registró en alguien “tan poco gongorino” como Eliseo Diego. Estoy seguro de que si seguimos sus pistas, podemos toparnos con nuevos ecos y reflejos de esta metáfora que remite a alcándaras y que a mí me lleva a la memoria de Federico II de Suabia, ducho en la caza con neblí y mentado en su tiempo como “el estupor del mundo”.

Dejo a Deltoro el placer de decir las líneas formidables. Están acá, en este párrafo fraterno:

“El que repite estos versos no sólo hace que nazcan de nuevo, pertenece a una comunidad. ¿Cuántos ahora mismo en este planeta
estarán repitiendo: ´Aunque ociosos, no menos fatigados, / quejándose venían sobre el guante/ los raudos torbellinos de Noruega´. Entre ellos estás en este momento, también tú, amable, aunque ocioso lector".
 
Bienvenidos a la comunidad de esos versos.
 
P.D: El ensayo de Antonio Deltoro lo leí en el número 260 de la revista Vuelta (julio de 1998).

martes, febrero 12, 2013

Eugenio Trías y la dispersión

 
Comienza a sonar Beethoven. Su hora está llegando. Sobre la mesa, varios libros de Eugenio Trías. Afuera, poca brisa y luz bastante. Pienso en la renuncia del Papa y me parecen impecables su gesto y su latín. Creo que volveré pronto a las páginas de su bello y particular Jesús de Nazaret. Por lo pronto, pan tostado y café. Le subo a Beethoven el sonido y leo estas palabras del filósofo:

“Es el momento de mayor felicidad del día, lo descubrí este verano (…). En el tocadiscos, el Septimino de Beethoven. Lo escucho cada día, por la mañana. Me da ganas de vivir. Parece muy frívolo y no lo es nada. Es un Beethoven joven, recuerda mucho a Haydn o a Mozart, pero es un Beethoven plenamente, y está lleno de vida, por eso le he dedicado La dispersión. Es la exaltación biológica, el despertar, el enfrentamiento con la realidad. Es muy adecuado para esta hora del día en que tengo la misma sensación que Rimbaud describe en las Iluminaciones. Estreno el mundo, tengo la vida por delante”.

Me acaba de llamar la señora Egilda para mostrarme una iguana en el balcón. Es de las grandes. Anda por aquí buscando agua. Nos oye hablar y se retira. Las hojas brillan tranquilas y observo que durante los tres días que estuvimos fuera, la enredadera aprovechó para crecer. Comienza a soplar un viento leve que me recuerda un verso de Vitier: “la brisita nupcial de la metáfora”. Vuelvo a la sala y encuentro que ya Beethoven se ha posesionado. Busco La dispersión y leo:

La poesía no es ´enseñable´. El poema sólo podemos aprenderlo de memoria y repetirlo… cantando!

No debe sorprendernos que no haya cátedras de poesía…

¿Y si en la Universidad en lugar de ´enseñar´ se cantara?”


“Memoria y deseo”, me digo en silencio.

Sé que en este instante no hay nadie más que Beethoven. 

Emmanuel Levinas y la mirada del poeta

Emmanuel Levinas
 
Pisando la dudosa luz del día, unas lúcidas y hermosas páginas de Levinas sobre Blanchot.

Vislumbres de una errancia, señales de un lugar no escrito pero que está a punto de escribirse. Se anuncia un resplandor en lo
s fragmentos. Leo y subrayo:

“…la literatura supone para Blanchot la mirada del poeta, una experiencia original en los sentidos de este adjetivo: experiencia fundamental y experiencia del origen”.// La literatura nos arroja así a una orilla donde ningún pensamiento puede arribar; desemboca en lo impensable… Eso impensable a que lleva –sin llevar- el poema es lo que Blanchot llama ser”.

El filósofo dialoga con la mirada de Orfeo y escucha su silencio.

El filósofo recorre los textos y descubre sus abismos.

jueves, noviembre 22, 2012

La Biblioteca

Estudio de Warburg en Hamburgo
 
La Biblioteca de Aby Warburg (que otros llaman el Universo) no se regía por códigos convencionales. Sus normas, si fuese dable llamarlas así, integraban un sistema abierto de asociaciones, del que no escapaba el infalible azar concurrente.

Una de las fascinantes leyes formuladas por Warburg fue la de "la buena vecindad". Cuando alguien encontraba el libro que le habían recomendado o que formaba parte de una bibliografía conocida, debía preferir el volumen de al lado, aunque su título no tuviera relación alguna con el tema. De acuerdo con la ley de Warburg, era ese -y no el otro- el libro indispensable.

Según el testimonio de su amigo y discípulo Fritz Saxl, quería Warburg que el orden de los libros reflejase sus ideas sobre la historia de la humanidad. De lo dicho por Saxl puede inferirse que, más que en la obra escrita, el pensamiento de Warburg estaba en su Biblioteca.

Se sabe que Hamburgo no tuvo universidad antes de contar con la Biblioteca de Aby Warburg. Esta, sin duda, fue algo más que una universidad. Como ya dijimos, fue un Universo.